Hacienda Barú

Nos despedimos de la costa pacífica en el Refugio Nacional de Vida Silvestre Hacienda Barú

Reacios a abandonar el Pacífico de Costa Rica que nos había fascinado tanto, decidimos detenernos a visitar Hacienda Barú antes de alejarnos un kilómetro más. Buena elección.

Para empezar, el dueño – Jack- nos dio permiso para pasar la noche y pudimos pasear por los senderos esa misma tarde y el día siguiente. Mientras cocinábamos, una primera familia de monos carablanca pasó por encima de la kombi. “La cosa promete” – pensé.

Pero, aparte de la oportunidad de observar la fauna y flora del lugar, Hacienda Barú es un excelente ejemplo de la evolución de las tierras y su conservación en Costa Rica, así como un caso de esperanza para otros lugares.

La hacienda cuenta con 330 hectáreas de bosque primario y secundario, manglares, humedales, bosque anegado, plantaciones de árboles, playa y la ribera del río Barú. Pero hasta medianos del siglo pasado, los terrenos estaban destinados principalmente a la ganadería y, como en todo el país, prosperó la producción de carne para la industria de la comida rápida de EE.UU. en detrimento de los bosques primarios. Por ello, especies como el jaguar, las guacamayas rojas, el tapir y tantas otras, desaparecieron en gran parte del país.

A raíz de varios factores, durante los años 80 disminuyó la rentabilidad de la ganadería y la afluencia progresiva de extranjeros interesados en adquirir propiedades provocó un alza en los precios de la tierra. Por ello, muchos ganaderos estaban ansiosos por vender. Pero los nuevos compradores no estaban interesados en la cría de vacas, sino que querían vivir en un entorno natural. También el turismo, que iba en aumento, quería ver los monos y tucanes, no vacas.

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Jack, el actual dueño del lugar, había iniciado todo este proceso años antes. Decidió regenerar la jungla y detuvo la corta de malezas y el pasto de ganado, y la regeneración empezó. Muchos biólogos encuentran fascinante esta región ya que su transición revela los secretos del renacer del bosque lluvioso. Y especies como las guacamayas empiezan a llegar.

Hoy en día, Hacienda Barú ofrece hospedaje, 7 km de senderos, un mariposario, un jardín de orquídeas, un restaurante y visitas guiadas. Su objetivo es garantizar la salud y la biodiversidad de su ecosistema y educar a los visitantes, apoya la investigación científica y promueve un desarrollo sostenible de la comunidad.

Durante nuestros recorridos pudimos observar monos carablanca, monos aulladores, jabalíes, hocofaisanes, colibríes, tucanes, mapaches, anfibios, águilas, una enorme iguana roja en lo alto de un árbol y una parejita de búhos que el personal de Hacienda Barú localiza cada mañana para asegurarse de que están bien.

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En una ocasión, nos pasó una enorme familia de monos carablanca por encima. Fue emocionante verlos interactuar como si no estuviéramos. Las crías jugaban mientras avanzaban entre las copas de los árboles. Varias mamás cargaban los bebés en sus espaldas. Los seguimos hasta que llegaron a un pequeño arroyo que pasaba entre la densa vegetación. De repente, entre el barro y las raíces aéreas aparecieron jabalíes y mapaches, y los monos soltaron un grito de alerta. Dos de ellos se abrazaban mientras observaban y señalaban a uno de los jabalíes. Otros llegaban hasta el interior de las hojas de las palmeras cercanas y salían con premio: la merienda. Los jabalíes se dedicaban a buscar los frutos caídos y los mapaches buscaban cangrejos entre el lodazal sin prestar atención a los ruidosos monos. Unos minutos más tarde, el arroyo quedó solo y en silencio, como si nada hubiera pasado.

Continuamos nuestro camino entre plantas de cacao y otros frutos, remanentes de plantaciones de otros tiempos que ahora solo se encargan de cosechar los monos y otras criaturas de la selva secundaria que ha reclamado su territorio. Subimos y subimos hasta llegar a lo más alto del bosque primario para disfrutar de una magnífica vista del Océano Pacífico que nos había regalado tantas estupendas experiencias durante nuestro paso por este encantador recoveco del mundo. ¡Volveremos! – nos prometimos Carlos y yo como consuelo – pero toca continuar rumbo al Caribe.

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Datos prácticos:

  • Hacienda Barú: nos dieron permiso para acampar y pasar la noche en su estacionamiento. Precio: $7 por persona para todo el día; nosotros pagamos 11 dólares por persona para poder visitar el lugar esa misma tarde y el día siguiente, y acampamos gratis. Baños abiertos en el restaurante todo el día y noche. http://www.haciendabaru.com/